STAY

STAY, la esperanza que se oculta en las palabras

STAY es una idea, un paso en la mecánica y en el significado de los videojuegos no ya solo como medio lúdico, sino como la chispa que prende en la mente del jugador y madura una amplia cavilación. No en vano el título ganó el Premio a Mejor Idea Original de la pasada Gamelab 2018, por citar una de las diversas menciones nacionales e internacionales con las que ya cuenta Appnormals Team, un estudio barcelonés formado por Iñaki Díaz y Dani Moya.

Tras iniciar sesión en un menú, que peca de utilizar una fuente minúscula en su versión para Xbox One, el juego empieza en una interfaz virtual donde un reloj preside e indica el total de minutos de conexión y desconexión del usuario, es decir, del jugador. Este pequeño detalle, antes siquiera de empezar, ya nos anuncia uno de los elementos constantes en esta aventura gráfica: el paso del tiempo y sus consecuencias. Aunque salgamos de STAY, la cuenta sigue avanzando. Por tanto, estamos ante un título pixel art que se vive en tiempo real y cada segundo que estemos fuera de él es una posibilidad de que acabe mal la historia de su protagonista.

Es por ello que tenemos a nuestra disposición la opción de resetear la partida y, en su defecto, una vez acabemos por primera vez STAY, podremos re-jugar el título para conseguir los 7 finales, 14 salas y 44 objetos que componen la totalidad de la aventura. Asumiendo que la duración de la obra oscila entre las 7 y 9 horas de media, según nuestra habilidad para resolver los rompecabezas y mantener con vida al personaje principal, el coleccionismo tiene su valía, puesto que nos concede múltiples rutas y desenlaces. De modo que las decisiones, una a una, derivarán el itinerario y la relación que mantengamos con Quinn, el eje central de STAY.

La pantalla de aviso anterior a la introducción revelará las condiciones óptimas para adentrarnos en STAY y las emociones que sustentan el juego. Una vez conectados, una breve cinemática nos etiquetará en los créditos como los co protagonistas de la trama, una posición que tendrá mayor relevancia según avancemos en los 24 capítulos de la narración. También conoceremos a Quinn, el protagonista, un desconocido que nos pedirá ayuda desde un ordenador en mitad de una habitación oscura, su única conexión con el mundo exterior. Un chat será la vía de comunicación entre ambos y, a la vez, la herramienta con la que pongamos cara al protagonista, sepamos el estado anímico de Quinn y nuestro nivel de relación, los ítems encontrados hasta el momento y la suma de horas de conexión y desconexión que acumulemos.

De nuestra empatía y de las palabras que escojamos, dependerán no solo el bienestar de Quinn y la cercanía que tengamos con él, sino las elecciones que tome por su cuenta y los diálogos que se abran ante las respuestas que le demos. A veces será necesario mantenerlo a flote y hacerle hablar de recuerdos agradables, mientras otras tendremos que espolear su valentía para que avance. Mantener el equilibrio y no perder de vista la empatía con él abrirán o cerrarán las puertas de la confianza de Quinn y, por tanto, su capacidad de dilucidar sus siguientes pasos o delegar la tarea en nosotros. Aunque la esperanza resida en el diálogo que labremos con él y la gala de asertividad con la que respondamos, las emociones de uno y otro pueden jugarnos malas pasadas.

Por tanto, la tarea de ser un apoyo para él puede convertirse en una labor enorme. En el chat Quinn verterá todo tipo de cavilaciones, meditaciones, réplicas y chistes. Incluso sus incomodidades. Lo hará a través de la escritura característica de la plataforma. Se equivocará de tecla, dejará puntos suspensivos, no usará los acentos y nos mantendrá en vilo cuando la circunstancia le supere. De manera análoga, si su seguridad en nosotros es media o alta, nos hará partícipes, en mayor o menor medida, de sus hallazgos y de las dudas que interfieran en su cabeza. Nosotros deberemos escoger qué respuesta le damos de las varias opciones que aparecerán en puntos del diálogo. Deberemos leer cada alternativa y solo cuando estemos seguros, darle a enviar para que Quinn lo reciba.

Una vez tomada la determinación, los efectos no tardarán en llegar. Aumentará o disminuirá la confianza de Quinn en nosotros, del que podremos ver un delicado gráfico de dos manos que quieren entrelazarse. También el nivel de las cuatro emociones (sanguíneo, flemático, melancólico y colérico) que componen el estado anímico del protagonista. Sintetizando, habrá que vigilar con cuidado su perfil, ya que de él también dependerá que Quinn quiera o pueda afrontar la realidad que le acorrala. Por consiguiente, el encanto de STAY radica en la elección textual, es decir, de las palabras virtuales, pero va más allá de la mecánica en sí misma para convertirla en humana y cálida. Tanto es así que la preocupación que sentiremos por Quinn al poco de conocerle se vuelve real y acuciante, principalmente cuando nos ausentamos, y al cerrar los capítulos se nos mostrará en pantalla el porcentaje de la elección clave del total de jugadores del título con una pequeña información.

No obstante, en el título también nos las veremos con los rompecabezas que pueblan el emplazamiento en el que está atrapado Quinn. La mayor parte de ellos mantienen un dificultad agradable, mientras que tres o cuatro de ellos superan la barrera y requieren no solo de agilidad mental e investigación, sino de una significativa paciencia y repetición. Estamos, pues, ante uno de los puntos débiles de STAY, dado que el reto acaba transfigurándose en un impedimento, en vez de un estímulo, que puede hacer perder los nervios y la ilusión por continuar la aventura. Si a ello le sumamos la inexistente explicación de los botones, con los que moveremos determinados objetos o llevaremos a cabo acciones dentro de los rompecabezas en la versión para Xbox One, queda ir probando hasta que encontremos el clic mágico.

A nivel narrativo, STAY habla pero no explica. Las escuetas escenas que obtendremos a modo de recompensa y las fugaces confesiones de Quinn harán el resto. El extra proviene de las descripciones de los objetos y seres que encontremos a nuestro paso, que se añadirán alegremente al muestrario de la colección y otorgarán un simbolismo especial a la integridad de la obra, fuertemente basada en la filosofía, la psicología y la espiritualidad. No lo hará igual de bien el apartado sonoro que, salvo por los efectos que colorean el título en las diferentes estancias e incidentes, conserva una banda sonora un tanto repetitiva, asfixiante y monótona. Un contraste acusado que desnivela la atmósfera y distrae de la introspección que tan bien cuida Appnormals Team en STAY.

“Durante nuestros momentos más oscuros debemos centrarnos en ver la luz”, como decía el polímata Aristoteles. El título de Appnormals Team bien podría haber partido de ese pensamiento. Habitación tras habitación, puzle tras puzle, aprendemos que tanto la comprensión como la sintonía con Quinn pueden ser el resplandor que destierre el miedo, la angustia y el desasosiego, avecinando la salida, y su ausencia de él un abismo insondable desde una pantalla fría y remota. A fin de cuentas, quizás, y solo quizás, esa sea la mayor prueba como humanos: encontrar, sin importar la vía de comunicación, la capacidad de empatizar con otros seres vivos. Porque no hay nada más universal ni complejo que las emociones que nos unen.