Pode

Pode, un cómplice viaje hacia la cumbre

Una dulce melodía de flauta y violín noruego, obra de Austin Wintory, entona el preámbulo a Pode, un videojuego independiente del diseñador Henrik M. Haugland y el estudio Henchman & Goon. En la introducción de esta historia basada en la cultura noruega, somos testigos de una breve historia donde dos seres, una estrella y una formación rocosa, se conocen en circunstancias adversas para uno de los dos. Ante la imposibilidad de escalar a la cima en solitario, los dos nuevos amigos, Bulder y Glo, emprenden unidos un viaje al corazón de la montaña para hallar el camino que les lleve a la cúspide de Fjellheim, desde la que el astro retome el vuelo y regrese al cielo. Así da comienzo el relato del título.

Sin diálogos a lo largo de la aventura y sin hacer alarde de un complejo sistema de controles, la exuberante aventura de dos existencias que hallan en la otra la esperanza estructura una corta experiencia emotiva y sensorial. Con la posibilidad de jugarlo en modo cooperativo local o en solitario, cambiando así entre los dos personajes, la misión es avanzar en los niveles de la montaña y resolver acertijos en los escenarios; lo cual, aunque superficialmente parezca plano, no le resta encanto, pues es en los pequeños detalles donde Pode hace medrar un mensaje cálido.

En otras palabras, la empatía es el pilar del título. Un juego que con solo un escueto lenguaje corporal y una narrativa de fábula hace que nos involucremos en su concepto y en sus lecciones vitales. A lo largo de la aventura, las andanzas de los dos personajes recrean en sí mismas nociones como la solidaridad, la colaboración, la alegría, la tristeza y hasta la añoranza. Para exponerlas y abrirles en hueco en el corazón no basta solo con teorizar sobre ellas, sino en experimentarlas. Ahí el título mantiene una conversación con el jugador, pero lo hace desde la emoción pura, sin vocablos ni intrincadas conversaciones. En el mismo centro de la naturaleza, en la erradicación de elementos pueriles, subsiste la esencia de la inocencia y de la sensibilidad.

A esa delicadeza sentimental, hay que añadirle un apartado artístico frondoso, fértil y colorido, del que seremos autores. Después de aprender los movimientos básicos, a los que se irán añadiendo habilidades a medida que trepemos y se afiance la relación entre los dos personajes, es decisión de la persona hacer que un ambiente cobre vida o no, y si lo hace de una forma completa o solo parcial. Aquí hay detalles que, de nuevo, retornan a la disertación de Pode. El emprender la acción no solo nos implica en el papel de guías de los dos seres, sino en qué aprenderemos del título. Porque la exploración no se reduce a atesorar coleccionables; también es la clave para caminar y reforzar la cooperación y relación de los personajes. Sin ella, ningún rompecabezas, por muy fácil que sea, tiene sentido.

Tampoco es viable abandonar al otro detrás. O seguimos dos o no seguimos ninguno. Por ello, no es posible salir o entrar de un escenario con un personaje. Quien se adelante, esperará pacientemente al otro, si hace falta descansando, hasta que juntos se cojan de las manos y sigan el viaje de Pode. Aunque el manejo de los dos seres no está exento de algún fallo puntual en la mecánica, persevera el intentarlo hasta que la puerta se abra y seamos libres. De eso se trata, de hallar en el otro apoyo y unir aptitudes opuestas en un fin común. Es ahí cuando, paso a paso, los personajes evolucionan y ganan habilidades, primero individuales y más tarde conjuntas, y donde palpamos la lección de que uno más uno no es dos, sino uno y también dos.

Así, si decidimos explorar las estancias con un único personaje, solo nacerá una naturaleza rocosa o vegetal según nuestra elección, pero si nos tomamos de las manos, la vida dormida se abrirá paso y despertará abruptamente. Estamos ahí para llegar a la cima, sí, pero ¿es posible que sean nuestras acciones y la relación que vertamos en ellas aquello que engendren la misma existencia? ¿Son la amistad y el amor unas energías tan poderosas que despiertan el hálito de la esencia primigenia? ¿Dónde queda el yo, el tú y el nosotros? ¿Qué consecuencias tiene nuestra existencia? A veces, como en el caso de Pode, el mayor bien es el que donamos altruistamente, que es a su vez con el que construimos nexos vitales y colectivos.

Ascender a la cumbre, la meta, erige un pasado y un presente en el que dos seres permutan a partir de las acciones del otro. Nos elevamos sin prisa, pero sin pausa. Somos dos entidades que se entienden proporcionalmente a los logros conseguidos, a los obstáculos superados. Crecemos, y los dispares niveles del título ya no son tan simples, ni tampoco el vínculo entre los personajes es tan elemental. Esa madurez, teñida por el magnífico canto de la vegetación salvaje, bien puede trasladarse al viaje que es toda relación: una suerte de alegrías e imprevistos en que el ser ajeno es (o debería ser) impulso y sostén, tanto en nuestra individualidad como en la compañía. Es, casi en el colofón de Pode, donde el volumen de lo discernido alcanza el clímax y resulta en una pluralidad de mecánicas en aras de sobreponerse a los prosteros escollos.

Corto, intenso y exquisito, Pode es el cuento que da gusto leer solo o acompañado. Es la oda a los valores estimables, la moraleja llevada al límite de la percepción. Entre plataformas, rompecabezas y espesuras, musita un idioma sin barreras: aquel que nos transforma en lo más noble que podemos llegar a ser y que palpita tan prometedoramente como una semilla a punto de germinar.

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