El legado Perdido

Las corrientes de Uncharted: El Legado Perdido

Uncharted nunca ha sido una saga que haya sido santo de mi devoción. He estudiado muchas de las técnicas que usa Naughty Dog para crear una experiencia placentera para el jugador, y he de decir que, pese a mi disgusto con la franquicia, son unos maestros que quizás se vean maniatados por las bases ya sentadas por anteriores entregas de esta historia. Mientras que en The Last of Us nunca sentí que sobrase nada, a Uncharted, para mí, le pesa algo: sus escenas de combate. Sí que es verdad que estas son una gran parte del atractivo que viene pegado a su nombre; la acción megapeliculera exagerada que podría haber sido sacada de Hollywood atrae, y mucho, pero creo que las verdaderas fortalezas de estos títulos, a día de hoy, han cambiado.

En Uncharted: El Legado Perdido, dejamos atrás al querido por todos Nathan Drake, y esto es algo que se nota. Sí, el estilo del guión es marca de la casa, y no es que esto dé un cambio de aires radical a la entrega, pero es verdad que las dos protagonistas del juego poco tienen que ver con el prototipo de héroe hombre, blanco, de mediana edad e indomable. Es por esto que a esta entrega le sienta de maravilla que controlemos a Chloe Frazer, una cazatesoros y ladrona por oficio. Quienes hayan jugado a la saga principal la conocerán, y sabrán más o menos cómo es su personalidad. Aún así, le da un aire muchísimo más fresco a este título, algo que en esta serie hacía falta desde hace tiempo. Pese a no ser una completa desconocida, en esta ocasión llegaremos a conocer en profundidad a Chloe, y esa será una de las cosas que marque, en mayor medida, el tono que tiene este título.

La espectacularidad de Uncharted ya se veía plasmada incluso en el material promocional del título.

Por otro lado, tendremos una acompañante durante prácticamente todo el juego. Se trata de Nadine Ross, otra vieja conocida para aquellos fans de Uncharted. Afortunadamente, en este caso no pelearemos contra ella, sino que será uno de los pilares del juego. Este equipo constituye una de las razones principales por las cuales este título tiene encanto. La sinergía entre Nadine y Chloe es, francamente, perfecta. A Naughty Dog se le da muy bien escribir dúos interesantes y carismáticos, y esta es otra prueba de ello. Durante toda la partida veremos una evolución constante de los personajes, tanto por separado como en lo que a sus interacciones se refiere. Una de las grandes preocupaciones que tenía antes de empezar esta entrega era cómo se iba a plantear la construcción de estas protagonistas. Al haber aparecido ya en la franquicia y tener ambas relación con Nathan Drake, era fácil que los escritores de esta obra hubiesen podido caer en hacer que todo siguiese girando a su alrededor, pese a no estar en pantalla. Esto sería especialmente grave tratándose de una relación entre personajes femeninos racializados y un hombre blanco, por supuesto.

Afortunadamente, Uncharted: El Legado Perdidodemuestra madurez en su guión, evitando caer en este embrollo. No, no se esconde a Nathan Drake debajo de una alfombra, pero cuando se habla de él es por razones relevantes. No deja de ser uno de los temas a tratar cuando es relevante, nunca está en el foco durante más de unos minutos. Aquí es donde se empieza a demostrar que esta entrega es el culmen del refinamiento narrativo dentro de la franquicia. Eso sí, fuera de los personajes principales, tampoco es ninguna obra maestra. En un principio se puede entrever algo de comentario político, desplazamiento étnico y lucha de clases, pero todo esto desaparece una vez comience nuestra aventura como cazatesoros.

Desafortunadamente, Uncharted no ha madurado así de bien en todas sus facetas. Esta obra, para mi gusto, de la sensación de que hubiesen cosido juntos dos títulos completamente distintos, y eso viene por la errónea filosofía de que las secuelas deben de ser siempre más y mejores en todos sus aspectos, sin prescindir de elementos cuya ausencia pueda dañar la idea de lo que es la saga. Eso, o que los títulos sin acción y mundos semiabiertos no venden tanto a día de hoy. Vaya, qué sorpresa.

El mundo semiabierto del juego nos permite abordar nuestra aventura como nos parezca, haciendo uso de un jeep.

Cuando terminamos el primer nivel del juego, se nos pone en un pequeño mundo semiabierto. No estamos hablando de las magnitudes que se pudieron ver en Grand Theft Auto V o The Phantom Pain, afortunadamente, sino de un nexo que une varias localizaciones. Podríamos decir que recuerda al mundo abierto de NieR: Automata, en el que lo importante son las localizaciones al final de cada camino, interconectadas por un trayecto que no deja de ser nada más que un trámite. Este enfoque ya de por sí es arriesgado y, pese a que no crea que haya sido desarrollado de manera burda o inadecuada, no me parece que añadida absolutamente nada al juego más allá de darnos la opción de elegir por dónde queremos empezar nuestra aventura.

Es durante esta donde encontramos los dos elementos que tan en disonancia están. Esto quizás sea una opinión impopular, pero allá va: a este Uncharted —no me voy a meter a hablar de los demás, porque no procede— le sobran las escenas de disparos, al menos tal y como se ejecutan en el título. Nuestras formas para explorar los escenarios han evolucionado y mejorado desde la —para mi gusto extremadamente aburrida— primera entrega, pero la esencia de los tiroteos que se presentó en esta no ha cambiado, y ese es uno de los peores puntos de toda la franquicia. Al acabar este título en dificultad normal decidí darle un repaso en fácil para ver si eso cambiaba mi manera de jugarlo. Para mi (no) sorpresa, esto eliminaba mi necesidad de tratar los encuentros como si fuesen un Whac-A-Mole con pretensiones. Ya no se trataba de esconderme, reaccionar a los movimientos de mis enemigos y actuar en consecuencia, sino que el flujo de la batalla dependía de mí y de cómo quisiese usar los entornos y mis propias habilidades para desplazarme sobre ellos.

Una de las señas de identidad de Uncharted es la acción hollywoodiense.

Esto me hizo pensar que estamos ante una fórmula que glorifica sus raíces pero no es capaz de salir del círculo vicioso de las expectativas creadas por su público. Obviamente, el desarrollo de triples A centrados en un solo jugador—sobre todo si, además, hablamos de títulos exclusivos— cada vez es más difícil de justificar a nivel económico, y los riesgos de salirse del camino que ya has marcado para tu base de usuarios son tantos que apenas se podría justificar virar tan violentamente de ellos. Entiendo que esto se haya mantenido desde la primera entrega, pero creo que es una faceta de la saga que cojea, y mucho.

Por otro lado, lo que más disfruté de este título fue la exploración. Naughty Dog son, a falta de una palabra mejor, magos a la hora de crear entornos que nos atraigan y nos enganchen. Mientras que en The Last of Us nos encontramos con un ciudad en ruinas muy orgánica, donde de verdad podíamos creer que habitó gente, Uncharted: El Legado Perdido nos trae unas ruinas deliciosas en lo que a exploración se refiere. Todo está creado con el mayor detallismo posible, no solo a nivel gráfico sino a nivel estético y estilístico. Si a esto le sumamos las ya mencionadas interacciones entre personajes, nos encontramos con unos momentos íntimos y deslumbrantes que conforman la belleza de esta obra. Nadie ha puesto un pie en los lugares donde estamos desde hace cientos y cientos de años, pero allí nos encontramos, descubriendo sus secretos, desenmarañando la historia oculta de una civilización casi deificada.

Los momentos más íntimos del juego también están rodeados de esa espectacularidad por la que es conocida la saga.

Es aquí donde estos dos segmentos temáticos chirrían. Si las secciones de acción fuesen más sobrias y no tan vulgares —entendiendo esto como «de película de Hollywood»—, podrían ser el complemento perfecto para estos momentos de silencio e intimidad. Poniendo los pies un poco más en la tierra, nos encontraríamos ante dos caras de una misma moneda —siendo esta la aventura— que cumplirían un propósito específico entre sí: los tramos de acción nos darían tiempo para soltarnos la melena, crear tensión y presentarnos las fuerzas antagonistas como lo que son —temibles paramilitares sin escrúpulos. Por otro lado, durante la exploración tendríamos un rato para digerir toda esa violencia y sus consecuencias, para rememorar acontecimientos tensos y para poder, en cierta manera, sentirnos despresurizados. Pero, lamentablemente, no es así. Las sensaciones que causan estas dos facetas no se complementan, sino que buscan llenar vacíos.

En definitiva, Uncharted: El Legado Perdido es una gran aventura a la que le pesa no querer abandonar ciertas nociones inamovibles de lo que debería ser la franquicia. Dicho eso, creo que el mimo y detallismo que Naughty Dog pone a la hora de crear sus historias junto con la riqueza y humanidad que podemos ver aquí hacen que el juego merezca la pena.