En búsqueda de la verdad

¿Tu verdad? no, la verdad;
y ven conmigo a buscarla.
La tuya guárdatela.

Antonio Machado, poeta, escritor y dramaturgo español, escribió allá en los bosquejos del pasado siglo las líneas que encabezan estas palabras, una composición poética que no solo muestra y revive una época compleja de aquella España de la que tuvo que emigrar, sino que trasciende hasta la actualidad, hacia un momento histórico-social que podría perfectamente ser un esperpento al más puro estilo de Valle-Inclán.

Vivimos una situación donde la opinión, la valoración subjetiva, propia, personal, ha evolucionado de ser la palabra que se expresa en una conversación normalmente amigable o con una finalidad puramente recíproca de entendimiento a una verdad absoluta y social, tergiversado la objetividad hacia una subcategoría de la subjetividad. La palabra, como apreciáis en estas líneas, es algo común, sencillo, accesible y, no entremos en detalles, humano. Todos tenemos palabra, todos tenemos la capacidad intelectual de pensar, de procesar la información que nuestros sentidos captan y reaccionar en consecuencia. Todos tenemos una opinión sobre todo, porque junto con el pensamiento, con el procesamiento de información, hay una serie de procedimientos únicos que sigue cada individuo debido a su aprendizaje, a su identidad, a su entorno social e histórico, a su memoria, etc.; procedimientos que aunque toda persona haga casi exactamente igual, nunca tendrá el mismo fin, puede que similar, parejo o tremendamente parecido, pero jamás el mismo. Ergo, todos, sin excepción, tenemos opinión, pero ¿y conocimiento? ¿Todos tenemos el mismo conocimiento sobre física cuántica? ¿Sobre la materia condensada? ¿Sobre la helicidad de las partículas? Dejadme ser un poco arrogante, pero lo dudo. Entonces, si todos tenemos opinión, si todos nos hacemos ideas de lo que vemos, tocamos, sentimos, y no todos tenemos conocimiento de todo, ¿qué diferencias hay? Aunque no lo parezca, no vengo a explicar, hablar, sermonear sobre dicho tema, pero creo que es menester entender de antemano que todos somos iguales y diferentes a la vez, y lo que a simple vista son diferencias, en muchas ocasiones es únicamente un tema más social que individual, y sobre eso sí que vengo a hablar.

Categorización en los videojuegos

Sencillo resulta ser ir a una tienda de videojuegos y encontrar a chavales, adolescentes, jóvenes, postrados ante un sinfín de carátulas vacías, observando detenidamente el frontal, el dorso y la parte trasera de aquel entretenimiento que espera tener en su casa. En ocasiones van en grupo, amistades, colegas, parejas, que respaldan, contradicen o pasan de las decisiones o acciones del susodicho; y, aunque en decrecimiento en número y porcentaje, asiduamente eran hombres, varones, chicos, de un género masculino. No era una regla, no era una norma explícita que una mujer no pudiera entrar en dicho establecimiento a adquirir, o simplemente mirar, videojuegos; pero había una “norma social” que veía con malos ojos dicha acción, que tendía a ser el centro de atención si una chica, o grupo femenino, entraba. Con los años todo eso ha ido evolucionando, ya no solo encontramos fácilmente a una mujer con una carátula en las manos, sino que nos topamos con dependientes que lo son, que venden, aconsejan y entienden de ese mundillo que hacía no mucho estaba denominado “de hombres”.

En la sociedad, cada día vemos más grupos, o, en otras palabras, más categorías, las cuales se diferencian de otras, a grosso modo, por cómo las personas que forman parte de dicha categoría se perciben a sí mismas y al resto, ya sea de su mismo grupo (endogrupo) u otro (exogrupo). En los videojuegos pasa lo mismo: hay una categoría social para los denominados “gamers”, y las personas que lo conforman se perciben a sí mismas y a los miembros de su grupo de una determinada manera, y es que aceptan a aquellos que comparten las características que identifica a su categoría. Durante años, dicha categoría social era mayoritariamente de género masculino, aunque las mujeres siempre han disfrutado de los videojuegos lo mismo o más que los hombres, era cierto que la sociedad imponía que ese tipo de entretenimiento fuera masculino. Algo que lleva cambiando unos años.

La categoría social “gamers”, durante años, se ha ido reestructurando, pasando de su forma tradicional a una más moderna, ha evolucionado, se ha transformado de aquella en la que sus integrantes eran considerados simplemente frikis y la sociedad siempre los trataba e, incluso, simbolizaba de una forma despectiva; a un grupo repleto de diversidad, donde encontramos a mujeres, hombres, atletas, intelectuales, etc. Una evolución tan necesaria como normal. Alegando a un planteamiento simplista, donde el epicentro no tiene por qué ser sencillo, pero la formulación peca de ello; cuando alguien expone su verdad, comenta lo que opina sobre la negación de admitir que, por ejemplo, una mujer también puede jugar videojuegos, y no solo eso, sino incluso disfrutar más, ser mejor en un determinado juego, etc.; dicho individuo, a veces de género masculino y en otras ocasiones incluso femenino, está construyendo un muro no solo a una evolución y reestructuración de la categoría social “gamer”, como se comentó líneas arriba, sino a ver que es normal aquello que repele.

La normalización

Rememorando un párrafo anterior, leíais que hace unos años existía una norma social que “impedía” que una mujer jugara videojuegos, al igual que veía mal años atrás que jugara al fútbol. Esa norma social regulaba la acción, en este caso de las mujeres, e indicaba qué era y qué no era deseable en ese papel y situación concreta. Dicha norma ha cambiado. Ha acontecido una normalización, se ha creado otra norma que regula la conducta (entre otros parámetros) en esa situación en concreto. Ya no se ve con tan malos ojos que una mujer juegue al videojuego que le apetezca (recordemos que durante muchos años se le llegó a “imponer” a qué debería jugar), ni que vaya a una tienda especializada a adquirir, o simplemente pasar el rato entre un entretenimiento que le agrada. Aunque a día de hoy aún hay un camino por recorrer, y hay gente que se opone a ese cambio, a esa evolución, podemos observar cómo poco a poco esa nueva norma social ha ido sustituyendo a la antigua.

La necesidad de un cambio

En la actualidad, no hace demasiado tiempo, pudimos ser testigos del problema que rodeó a Gaming Ladies, la iniciativa de la periodista Marina Amores (@blissy) para que las mujeres tuvieran un lugar seguro y, además, dar visibilidad sobre la existencia de chicas que tienen como entretenimiento jugar a videojuegos. Dicha iniciativa, que por fin vio cómo su segunda edición abría las puertas a una gran cantidad de público femenino, es una necesidad para el cambio, es una acción, para muchos exagerada e innecesaria, que pone sobre la mesa las cartas por las que muchas personas luchan. Aboga por la igualdad, no por la desigualdad, y aunque tachen de hembrista la realización de un evento de dicha índole, hay que entender la historia, las desigualdades que han sufrido las mujeres por ser ellas mismas; por haberlas tratado por su género en vez de como hay que tratar a todo el mundo, por ser personas. La realización de un evento de ese tipo no se recrea en dividir a la categoría social “gamers”, sino a visibilizar que en dicha categoría hay una cantidad de mujeres, y que son discriminadas por su género, que son tratadas de manera dispar simplemente por no ser lo que otros quieren que sea.

Dicho tipo de acciones, que ayudan a que nuevas normas sociales florezcan en la sociedad actual, son las que, con el paso del tiempo, podrán verse con ojos amigables, con una mirada de gratitud debido a que son esos movimientos sociales los que van a permitir que en el futuro no haya ningún tipo de desigualdad ni discriminación. Y al igual que la lucha de la mujer en la República española por su derecho al voto, acceso a la educación, etc.; esta lucha es necesaria, porque sigue existiendo esa desigualdad que por aquellos lares acontecía en la vida, y aunque los cambios modernos en la sociedad pueden no equipararse a aquellos, son igualmente importantes y necesarios.

A falta de aquiescencia en las palabras que prosiguen de una manera empírica, se puede llegar a alegar que en la categoría social “gamers” hay una minoría conformada por las mujeres, y es dicho planteamiento el usado en reiteradas ocasiones para mantenerse en las “tradiciones” que importunan y traban la evolución, el cambio. Mas gracias a dicha minoría que el cambio se produce, es la susodicha la que ha creado un conflicto, un conflicto que impide a la mayoría obviar el movimiento al que rehusaba enfrentar, y debe solucionar junto a la minoría. Se tome la resolución que se tome, la importancia reside en dejar de discriminar a la minoría, la existencia de un cambio en la sociedad y en las categorías sociales implicadas, y, por ello, el conflicto a veces no puede ser únicamente de palabra, no puede ser simplemente esperar a que el tiempo pase y el destino ponga a cada cual en su lugar; el conflicto en ocasiones debe aligerar las cosas y mostrar el malestar de un grupo de personas; provocando, así, un cambio social.

Culpabilidad

Con la sinceridad en una mano y la subjetividad en la otra, me acerco a usted, lector, probablemente conforme con las palabras que ha leído, o puede que disconforme, inundado por emociones de rabia, enfado y odio; o simplemente pasivo o tomando una actitud totalmente personal; para hacerle ver, entender, comprender, que esta no es la verdad, es una verdad más dentro de este conglomerado de verdades que residen en la red. Una verdad como la suya, una verdad como la de su vecino o amigo, o la de un familiar, o su pareja. Es una verdad que no es verdad. Porque nada es verdad si lo vemos solo con un par de ojos y un ego apabullante, como es característico en el homo sapiens; y negamos intentar buscar la verdad, y no la suya, no la mía ni de la de nadie, sino la que entre todos deberíamos encontrar, probando, a su vez, el vernos las personas como personas, obviando género, sexo, tonalidad de piel, país o estatus social; somos personas, seamos personas pues y busquemos una verdad tan universal como individual. Mientras tanto, seguiré aquí, probando a encontrarla mientras me sumo en la culpabilidad de la hipocresía actual de la que formo parte, aunque a mi yo le duela no aceptarlo.

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