Deiland

Deiland y el misterio de la vida

¿Alguna vez has querido resolver un misterio? Quizá para nuestro querido profesor Layton se trate de una herramienta harto necesaria en aras de tocar el conocimiento, pero también es una forma de vivir. Porque la vida es un misterio en sí mismo, una suerte de aventura que se desarrolla a través de la experiencia del día a día. Incluso ahora hacemos todo lo posible por responder a las preguntas que surgen de nuestra mente, en descubrir la verdad, ya que solo así seremos capaces de seguir avanzando. Por supuesto, no es necesario llegar a los extremos llevados a cabo por Edward y Alphonse Elric (Full Metal Alchemist), pero eso ya es harina de otro costal.

Deiland, obra del estudio valenciano Chibig, nos cuenta a través de Arco, su principal protagonista, una historia en constante evolución y descubrimiento. Un relato que parece partir de la nada, o casi, ya que se trata del único habitante del planeta al que da nombre el juego, un pequeño astro que hace las veces del hogar de Kaio (Dragon Ball Z) en pos de ofrecernos un habitáculo cuyo fuerte no es precisamente el de pasar largas estancias. Sus recursos son insuficientes, por suerte, no tardamos en recibir la visita de una exploradora perteneciente a la Patrulla Interestelar y encargada de investigar cada rincón de la galaxia, para ofrecernos las primeras herramientas con tal de sobrevivir en esta especie de cuerpo celeste. De otra manera, seríamos incapaces de resolver el misterio que se esconde tras la cara oculta de Deiland.

Deiland

Probablemente, muchas de las cuestiones que se plantea la parte protagónica ya estén resueltas, especialmente si nos amparamos en esa primera impresión de encontrarnos ante una adaptación de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Sin embargo, dicha sensación, que actúa como principal punto de partida, acaba diluyéndose a fin de apostar por un camino gestado a partir de ideas ya desarrolladas en juegos de la misma índole y otras de cosecha propia. Por ende, el mayor misterio de Deiland reside en el propio Arco, y solo a partir del cuidado del propio planeta seremos capaces de conocer su forma de ser así como todo lo que está por llegar.

La admiración es también un elemento persistente en este Deiland, esa fuerza sin par que hace que sintamos cierto deslumbramiento por alguien y que, en muchos casos, casa con todo aquello que nos gustaría tener en la vida, como si fuera un reflejo de nuestro ser. Tal vez este sentimiento no sea siempre positivo, pero es algo que todos afrontamos desde nuestra etapa de la niñez. El retoño de Chibig atesora esta pasión, y lo hace partiendo de las bases de títulos como Stardew Valley y Harvest Moon con el fin de ofrecernos diversas tareas que luego se convierten en un aspecto recurrente a lo largo de la aventura.

Deiland

Labores como construir y cultivar nos mantendrán constantemente ocupados, sobre todo cuando la gestión de estos recursos se va volviendo cada vez más compleja mediante la creación de nuevos e interesantes objetos. El juego incluso se permite el lujo de tomar otro cariz, apostando por el género RPG para así abrazar las subidas de nivel. Arco crece con nosotros a partir de la experiencia obtenida, gana en habilidad, algo muy necesario para los combates que se avecinan. Porque la vida está conformada por una serie de batallas, más o menos esporádicas, pero siempre presentes en nuestro día a día. Y muchas veces no somos capaces de hacerles frente. El combate en Deiland comparte esta inexperiencia y, aunque simplista, se las ingenia para brindarnos la libertad de movimiento y elección propia del rol occidental.

Por desgracia, la recurrencia antes nombrada es al mismo tiempo el mayor talón de Aquiles del juego. Los personajes con los que vamos interactuando son el principal motor en pos de que la historia siga su curso. De modo que satisfacer sus necesidades no es una opción, sino una obligación. Y aunque recoger recursos y crear nuevos objetos puede resultar divertido, esta especie de interludios acaban alargándose de forma artificial sin que ocurra nada relevante, haciendo que la aventura esté abocada a disgregarse.

Como ejercicio de humildad y franqueza, la obra desarrollada por la gente de Chibig hace muchos esfuerzos por resultar encomiable. Sabe a qué títulos circunscribirse y no hace ningún esfuerzo por ocultarlo. Mas su mayor mérito reside en saber sentirse auténtico pese a estas similitudes, en ofrecer un entretenimiento al que los niños y no tan niños sabrán cómo sacarle jugo. Sí, sus ganas de agradar no son pocas, pero tampoco lo son sus imperfecciones. Si bien, ¿no es acaso nuestra vida una constante en cuanto altibajos? Quizá esa discontinuidad sea lo que hace complaciente esta suerte de viaje por el cosmos.

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