Arise

Arise: A Simple Story, el regalo de vivir

“Después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida.” (Mario Benedetti).

Dicen que la muerte une, porque es el reposo eterno al que todos los seres estamos destinados. La vida, pues, es una antesala, un lugar en el que experimentamos el paso de los días y los acontecimientos vitales. Así, cada persona, según sus creencias, elucubra el tipo de después a ese último aliento, siendo el tema por excelencia que desvela los sueños de la humanidad y estimula la existencia de la filosofía y la religión. Piccolo Studio, equipo barcelonés que cuenta entre sus filas con profesionales experimentados en el desarrollo de videojuegos, ha aportado otra visión del fallecimiento en Arise: A Simple Story.

La fábula narra una travesía desde el punto de vista de quien se va al otro lado. Ningún diálogo nos insta a explicaciones largas y tediosas, porque el título vibra en el plano emotivo de los recuerdos. El protagonista, tras llegar a un escenario cubierto de nieve, busca la forma de atravesar las montañas y unirse con una luz que le espera, paciente, en lo alto de la cima. Nivel a nivel, nos abriremos camino hasta ella, rememorando la vida que dejamos atrás, con sus altos y bajos. En el centro, las personas transcendentales, aquellas que han marcado el calendario de la memoria y han ampliado el concepto de afecto.

Esa es la razón de que Arise: A Simple Story introduzca bellas imágenes visuales, símbolos y cinemáticas. Unimos recuerdos a medida que avanzamos en los escenarios del título, hallando desperdigados trozos de evocaciones. De esta manera, hacemos un cuidadoso inventario mental de las historias que han esculpido al protagonista, utilizando la comunicación más básica: la no verbal. Corremos, saltamos, escalamos y resistimos en niveles creados alrededor de periodos significativos de su historia. Por ende, desde el minuto uno el apartado audiovisual refulge con una intensidad inigualable, fusionándose magistralmente a la jugabilidad del uso del tiempo y sus múltiples combinaciones.

Con ella avanzaremos o retrocederemos, abriendo vías para progresar, especialmente a través las inclemencias de la naturaleza. Más adelante, el reto será gestionar la habilidad, ya que aumentará progresivamente su implicación en los niveles y la dificultad. Sin embargo, no hay reto imposible, solo algunos que requieren de memoria o algunos intentos. Volviendo al papel de la naturaleza en Arise: A Simple Story, los escenarios son montañas, bosques y cuevas, y las plataformas a superar son flores, ríos y desfiladeros, ecosistemas en los que ha transcurrido la vida del protagonista. Inevitablemente, la puesta en escena relaja al jugador, provocando una abstracción nada más iniciar el juego.

Es indudable que la repercusión de la fauna y flora presentes en la obra recuerdan a tiempos pasados. De la misma forma, el aspecto del más allá y el retorno a las marcas cruciales, a modo de breve resumen de nuestro paso por la Tierra, transportan a creencias ancestrales. Una flor es un regalo único; la división de una ruta entre terremotos, una despedida abrupta; un lago, el escenario perfecto para el inicio de una relación, y el fuego, una última despedida. Así, esa odisea lúdica, reconstruida desde la infancia hasta la vejez, establece un paralelismo con la manipulación del tiempo. Si pensamos cuán maleable es en nuestras mentes, en la que algunos minutos nos parecen horas y horas minutos, podemos decir que la percepción del tiempo, más aún en las reminiscencias, es un acto de fe hacia nuestra memoria.

Emulando lo anterior, el ciclo de la vida (nacer, crecer, procrear y morir), es la estructura mediante la que conectamos con el protagonista, un avatar anónimo y a la vez alejado del prototipo usual en los videojuegos; ya entrado en la vejez, curtido en la naturaleza y sabio, observa con atención el pasado. Y lo siente. Arise: A Simple Story, tal y como he comentado en párrafos anteriores, obvia la lengua en pos de favorecer la sensación, la emoción que se libera. Porque existir es, precisamente, experimentar en la propia carne el amor, la tristeza, el dolor, la esperanza o la calma y, en resumen, erosionarse con todas ellas.

En efecto, es tremendo el impacto que la banda sonora, delicada y liviana, y el relato visual, colorido y brioso, alcanza al jugador. Asimismo, el título mima los detalles, como las acuarelas que hacen las veces de coleccionables, el movimiento del protagonista, algo torpe y desmedido debido a la edad, y un diseño de niveles placentero, heterogéneo y tan conectado a las emociones como los demás apartados. No obstante, a pesar de las bondades presentadas, el juego peca de algunas minucias, entre ellas la falta de una cámara movible y algunos fallos en ciertas zonas de los niveles. Incluso con los ensayos y errores de cada capítulo, el juego roza las 2 horas y media o 3 horas, que se alargan si buscamos coleccionables o trofeos.

Arise: A Simple Story es el relato metafórico de una vida. No la de una reina invencible o la de un científico admirado, sino la de un hombre. Alguien que, como nosotros, lucha por seguir adelante y cuidar a las personas que quiere. A menudo pensamos que quienes somos y lo que experimentamos no es importante. Pero no es verdad, porque es el mayor regalo que tenemos. Debemos aprender a amarnos y apreciar lo que nos ha forjado así, lo que nos mantiene anclados a una existencia que tarde o temprano nos abandonará. Hasta entonces, no hay mayor historia que la nuestra, aquella en que compartimos aliento con nuestros seres queridos y recibimos a cambio recuerdos que son imborrables.

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